Amo dar clases.
Amo ese momento en el que entro al aula —de nivel superior, universitaria, con personas adultas que eligieron estar ahí— y algo empieza a pasar.
Una pregunta abre otra.
Una idea trae una experiencia.
Una consigna despierta una conversación.
Una conversación empieza a hacer visible eso que todavía no tenía forma.
El primer día siempre les advierto:
“No dejen los trabajos para último minuto porque les va a ser imposible. Cada TP se une con el anterior, aunque no se den cuenta.”
Pero llega esta época del año, la de cierres de notas, y se repite la misma escena.
Aparece quien se enoja con la cantidad de trabajos y me culpa por no haber sido más exigente en su momento.
Aparece quien no entendió algo y, por eso, no pudo avanzar.
Y eso también es parte del aprendizaje.
La explicación también puede abrir una puerta
A veces, lo que aparece como excusa no viene solamente a justificar lo que no hicimos.
También puede mostrarnos algo.
Puede abrir una puerta para mirar qué nos faltó aprender, preguntar, organizar o pedir.
Tal vez no era que “no llegué”.
Tal vez necesitaba calcular mejor los tiempos.
Tal vez no era que “no sabía si estaba bien”.
Tal vez necesitaba preguntar antes.
Tal vez no era que “me faltó sentarme”.
Tal vez necesitaba armar una rutina más posible.
Tal vez no era que “se me juntó todo”.
Tal vez necesitaba organizarme de otra manera.
La explicación, cuando la escuchamos bien, puede dejar de ser un escondite y convertirse en una pista.
Una pista de la habilidad que todavía nos falta desarrollar.
No siempre falta voluntad
A veces el problema no es la falta de voluntad.
A veces falta método.
Falta pregunta.
Falta pedir ayuda.
Falta orden.
Falta acompañamiento.
Falta aprender cómo se hace eso que estamos intentando hacer.
Y ahí aparece este cuco tan conversador.
Un cuco que no mete miedo con gritos, ni aparece con cara de tragedia.
Aparece hablando.
Mucho.
Te explica por qué no pudiste.
Te arma un discurso impecable.
Te llena de razones.
Te convence de que la explicación alcanza.
Y cuando te querés acordar, hablaste un montón de lo que ibas a hacer, pensaste un montón en lo que ibas a hacer, explicaste muy bien por qué no lo hiciste, depositaste la responsabilidad en el entorno —el profesor, el país, la familia, el Gobierno, el trabajo—, pero no lo hiciste.
Ese cuco se llama Bla Bla Bla.
¿Y si dejamos de explicarlo tanto?
Con los libros pasa algo parecido.
A veces una persona ya escribió. Ya tiene un manuscrito. Ya llegó a ese punto que parecía imposible.
Pero después aparece otra conversación:
“¿Y ahora qué hago?”
“¿Lo mando a una editorial?”
“¿Lo corrijo?”
“¿Lo publico?”
“¿Quién lo lee primero?”
“¿Está bien así?”
Y otra vez el Bla Bla Bla puede ocupar el lugar de la acción.
Por eso, después de escribir también hace falta proceso. Hace falta criterio, lectura, corrección, acompañamiento y decisiones.
Porque un manuscrito terminado no siempre es un libro listo.
Si ya escribiste tu libro y estás en ese momento de preguntarte “¿y ahora qué?”, podés registrarte para recibir más información sobre el Programa de 7 pasos y conocer cómo seguir el proceso con más claridad.
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